Hugh Hefner, el Peter Pan de la Viagra


Causa sensación estos días en América la noticia de que Hugh Hefner, 84 años, fundador del imperio Playboy, le regaló por Nochebuena un anillo de compromiso a Crystal Harris, 24 años, playmate de la edición de diciembre de 2009 y su Novia Número Uno actual. Lo de Novia Número Uno requiere aclaración: es costumbre de Hefner tener una compañera titular, con la que se acuesta lo mismo para dormir que para otras actividades, y dos o tres retozonas auxiliares que también están en el equipo y además aparecen en un reality show muy convenientemente titulado “Las chicas de la puerta de al lado“.

Hefner es una institución en Estados Unidos y en el mundo mundial de la pornografía blanda o del erotismo social. Y eso que su estética no puede ser más anticuada, por no decir casposa: octogenario con batín de seda que vive en una mansión rodeado de conejitas rubias protuberantes y semidesnudas, a las que regala horteradas inenarrables como el célebre reloj Playboy de diamantes y luego va y lo twittea.

Y sin embargo la biografía del tipo no deja de tener su sustancia y hasta su moraleja. Hefner nació en 1926 en Chicago, en el seno de una familia conservadora y metodista. Empezó su carrera escribiendo en Esquire, una revista del grupo Hearst para hombres que rápidamente procuró refinarse incorporando a sus páginas a plumas como la de Ernest Hemingway o Francis Scott Fitzgerald. Mientras que a Hefner le denegaban un aumento de sueldo de 5 dólares de la época. Ofendido se fue, hipotecó todo lo que tenía, recaudó 8.000 dólares entre distintos inversores (incluida su santa madre) y lanzó la revista Playboy con el descarado propósito no ya de competir con Esquire sino de adelantarla por la derecha, por la izquierda y por encima si se dejaban.

Fueron sus declaraciones de principios una primera portada con un desnudo de Marilyn Monroe y la publicación de un relato de erotismo-ficción, firmado por Charles Beaumont y rechazado por Esquire, que desarrollaba la historia de un hombre heterosexual perseguido por una Humanidad mayormente homosexual.

Empieza así un carrerón tanto público como privado, donde la identidad entre vida y obra se pretende absoluta. Hefner se ha casado dos veces, que pronto serán tres si cuaja su compromiso con la joven Crystal Harris. Su primera esposa fue su novia del instituto, Mildred Williams, con la que tendría dos hijos. Pero dice la leyenda que Mildred había sido infiel a Hugh mientras este se encontraba en el ejército. Se lo confesó antes de la boda y le rompió, según cuenta él mismo, el corazón. El matrimonio siguió adelante pero con matices: la mujer se sentía tan culpable que dio barra libre de infidelidad al marido. Dadas las circunstancias no les fue mal: se casaron en 1949 y se divorciaron en 1959.

Para entonces Hugh Hefner ya era una institución en lo suyo, que desde su punto de vista tiene tanto que ver con la defensa de la libertad de expresión como lo que hace Julian Assange. El fundador de Playboy se presenta como un cruzado de los derechos sexuales y recreativos del individuo, y eso, en un país tan puritano (y más en su época) como Estados Unidos tiene su miga. Además Hefner tiene incluso su corazoncito para la beneficencia, por ejemplo ha donado grandes sumas de dinero para restaurar el maltrecho símbolo de Hollywood, las grandes letras de la colina que hemos visto en tantas películas. Ah, también es donante del Partido Demócrata.

Tras su divorcio empiezan unas décadas doradas en que prácticamente se acuesta con cada chica que es portada de Playboy, celebra bacanales que duran toda la noche, convierte su mansión en un hito de la lujuria en papel couché, etc. Hasta que en 1985, con sólo 59 años, le da un ataque al corazón y comprende que tiene que replantearse algunas cosas. Le pasa las riendas del imperio a su hija Christine (otra cosa no será, pero parece que a feminista no le gana nadie) y restringe un poco sus excesos.

En 1989 se casa con la Playmate del Año, una tal Kimberley Conrad. Nacen dos hijos más y le cambia la cara a la mansión: las conejitas dejan paso a los ositos de peluche y a los patitos de goma. Incluso cuando Hefner y Conrad se separen, en 1998, ella se mudará a una casa muy próxima, para seguir en contacto. El divorcio no se ha materializado hasta este mismo año, 2010, coincidiendo con la mayoría de edad del hijo menor de la pareja.

En la etapa posterior a su segundo divorcio Hefner vuelve a desparramar más que nunca y a dejarse ver con triunviratos oficiales de novias, a la vez que concede entrevistas cantando las virtudes de la Viagra y abominando del matrimonio. Todo hay que decirlo, no abomina a tontas ni a locas sino esgrimiendo argumentos de una lógica cartesiana, por lo menos desde su punto de vista: alega que el matrimonio siempre acaba mal porque en él la mujer siempre acaba transfiriendo a los hijos el amor que originalmente sentía por su marido, con lo cual este acaba teniendo que buscar ternura y complacencia fuera de casa. Hefner tuvo el valor de argumentarle esto a la periodista de The New York Times Deborah Solomon, que era quien le entrevistaba y quien duramente le llamó al orden, notificándole lo siguiente: “En la vida hay más cosas que ser adorado. El matrimonio tiene otros incentivos“. Respuesta de Hefner: “Por desgracia, esos incentivos provienen de otras mujeres“.

Aunque para entonces el personaje ya suscitaba un tipo de escándalo completamente distinto al de antaño. Si en tiempos Hugh Hefner se arriesgó a ser provocador quizás ahora se esté arriesgando a ser patético. Con Viagra o sin Viagra, ¿puede alguien seguir dando crédito a sus presuntas hazañas de alcoba a día de hoy? ¿A su batín de seda conservado en formol? Otro tanto podría decirse de Playboy (que en los años 70 llegó a vender 70 millones de ejemplares, y ahora “sólo” coloca 1,5 millones) y hasta del tipo de belleza femenina que Playboy puso de moda, y que ahora cada vez lo está menos.

Todo lo que sube baja, incluido Peter Pan.

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