La traición de la izquierda


 

Artículos | 24/02/2011

Rafael Nadal

RAFAEL NADAL

 

Los intelectuales y los políticos comprometidos con la refundación de la izquierda europea deberían tenerlo muy claro: la mayor traición que la izquierda ha cometido a las clases populares es la renuncia a los valores. Porque la Europa del bienestar nació inspirada en grandes principios como la libertad, la igualdad y la solidaridad, pero se fraguó gracias a valores como el esfuerzo, la voluntad de superación, la austeridad, la honradez, la educación, el respeto y la cohesión familiar, que fueron compartidos por amplias capas de la sociedad, pero que las clases medias y trabajadoras asumieron con especial intensidad para convertirlos en las herramientas de su emancipación.

Durante décadas, la izquierda estuvo comprometida con este proceso y trabajó para que las sociedades europeas compensaran el esfuerzo de las clases populares equiparando sus oportunidades a las de las clases privilegiadas. En todo este tiempo, millones de europeos accedieron a la plenitud de sus derechos de ciudadanía, en un proceso que culminó con la extensión gratuita y universal de la sanidad y la educación. Ni los utópicos más ambiciosos se habían atrevido a soñar una Europa tan igualitaria en sus oportunidades.

Pero el bienestar trajo consigo una sociedad acomodada, autocomplaciente e indolente, que poco a poco ha dado paso a la indisciplina, el desorden y el abuso, y pone en riesgo las principales conquistas sociales del siglo XX. Paralelamente, intelectuales y dirigentes políticos de la izquierda se han perdido en propuestas disparatadas, pensadas más para satisfacer su vanidad y su ego intelectual que para ayudar a los más débiles, que deberían constituir su verdadera razón de ser. Preocupados sólo por la estética revolucionaria de sus planteamientos, los integrantes de esta izquierda desnortada han renegado de los valores tradicionales de nuestra sociedad y los han etiquetado como conservadores y contrarios al progreso. Poco a poco, la obsesión por dar rienda suelta a la libertad individual y por priorizar derechos para toda clase de minorías está ahogando la libertad y los derechos de la mayoría. Una traición en toda regla, porque se ha demostrado que la pérdida de valores en el conjunto de la sociedad está dinamitando el bienestar del que dependen trabajadores y clases medias, pero trae sin cuidado a los privilegiados que blindan a sus hijos en sistemas privados perfectamente competitivos.

Hay ejemplos en todos los ámbitos: en educación, el desorden lo acaban pagando los más humildes, los últimos que han accedido a la enseñanza pública y gratuita y que ahora corren el riesgo de quedar fuera de la primera división educativa. En sanidad, los abusos de unos pocos están a punto de provocar grandes recortes en el sistema público, que castigarán sólo a los que no se puedan permitir coberturas complementarias. En el terreno laboral, los privilegios de unos pocos y los subsidios poco controlados los acaban pagando los más frágiles con la pérdida del trabajo. En seguridad, el desorden causado por algunas tolerancias excesivas también lo pagan los débiles: la historia nos recuerda que la razón y la justicia sólo se imponen en el imperio del orden; en el caos, en cambio, siempre ganan los fuertes.

La responsabilidad de la izquierda es, pues, enorme, aunque no exclusiva. La pérdida de valores es culpa de todos los sectores sociales, y les afecta a todos ellos casi por igual, como demuestra el completísimo estudio Valors tous en temps durs, dirigido por Javier Elzo y Àngel Castiñeira, que fue presentado ayer en Esade. No sólo es evidente que el individualismo, el egocentrismo y una creciente amoralidad son características frecuentes en todos los segmentos de la sociedad y en todos los grupos políticos, sino que, de hecho, hoy ya es imposible trazar nítidamente las fronteras entre ellos. La pérdida de valores es una responsabilidad compartida casi desde el triunfo del desarrollismo: se da entre los partidarios de la derecha liberal y entre los socialistas; se da entre los radicales extraparlamentarios y se da muy especialmente entre los ex comunistas, que en su día cambiaron la vieja religión marxista por nuevos fanatismos e idolatrías.

De hecho, todos somos culpables: lo somos los individuos uno a uno; lo son las familias que han abdicado de sus responsabilidades educativas; lo son muchas empresas que lo supeditan todo al éxito y al beneficio; y lo son también muchos ejecutivos que blindan a sus hijos en escuelas con valores, pero que contribuyen a hacerlos desaparecer de la sociedad desde su control de amplios sectores –como el ocio– que imponen modelos y pautas de conducta basados en el egoísmo, el materialismo y la vida fácil. Y, por supuesto, somos culpables los periodistas y los intelectuales.

La crisis debería ser un estímulo para reaccionar. Ya no hay recursos para sostener la sociedad del ocio y del hedonismo, y una vez más los débiles acabarán pagando la fiesta. La defensa de las nuevas clases medias y bajas golpeadas por la crisis económica y por la crisis de los valores abre un campo enorme a la política. De ahí saldrán los grandes movimientos que renovarán la política en el futuro. Pero que no se equivoquen los viejos popes: a nadie le importará si ya no se llaman de izquierdas, pero deberán recuperar la defensa de los valores como primer compromiso.

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