El fútbol no es así


 

La industria de la hostilidad se encuentra en su apogeo

Artículos | 16/03/2011

Enric Bañeres

Enric Bañeres

Mi sexto sentido, pero también el libro de estilo que he procurado observar en mi profesión, me hace dudar de la veracidad de algunas noticias. A menos que consideremos que un simple rumor, un chascarrillo, el comentario cazado al vuelo en la barra de un bar o la ocurrencia jocosa de un taxista pueda considerarse que constituyen una noticia lo bastante sólida como para ser publicada. En todo caso, como el periodista vocacional está las veinticuatro horas del día oído al parche, cualquiera de esas situaciones y otras tan o más pintorescas, te puede poner tras la pista de una noticia. Muy viejo es el refrán “cuando el río suena…”, pero un periodista como Dios manda debe ir al río y comprobar si la crecida es la que se comenta o si se mantiene la pertinaz sequía, antes que convertir ese murmullo en noticia. José María García, que fue el introductor de un estilo muy incisivo de hacer radio, repetía a menudo, como una más de sus famosas muletillas, “el rumor es la antesala de la noticia”. Pero no es la noticia. ¿Podríamos decir que un rumor repetido mil veces acaba por convertirse en noticia? A mí nadie me oirá decir eso, porque tendría la impresión de ponerme a la altura del siniestro jefe de propaganda de Hitler: el rumor, aunque se repita mil veces, sigue siendo un rumor. Y, si es un rumor mal intencionado, se convierte en calumnia y causa grave daño moral, casi siempre irreversible en el honor o el buen nombre de quien lo sufre.

Mi instinto me dice que no se puede admitir como noticia algo que hay que explicar diciendo “a nosotros nos llega que el Madrid está en la reflexión de pedir controles de dopaje más serios”. Pese a su torpeza, el informador radiofónico procura hacer creíble lo que acababa de lanzar a las ondas y utiliza el contexto que más le conviene: el clima de severo marcaje, el acoso contumaz y persistente que el Madrid ejerce sobre el Barça tratando de hacerle sospechoso de valerse de artimañas ilícitas para conseguir sus últimos éxitos. ¿Quién va a poner en duda que el Madrid es el autor intelectual de la patraña? La ausencia absoluta de rigor en la difusión de ese bulo lleva al indocumentado radiofonista a comprometer el buen nombre del equipo médico que trabaja con el Barça y, error sobre error, a asegurar que el polémico Eufemiano Fuentes había sido médico del Valencia.

Me parece que hasta aquí ha quedado claro que no me alineo con esa manera de hacer información deportiva, que desapruebo que la lucha por la audiencia lo justifique todo y que para tratar determinados temas deberíamos despojarnos de la camiseta de forofos, que desde hace tiempo es el uniforme distintivo de nuestro gremio. Y a mí, ahora mismo, me cuesta no ponerme esa camiseta –la del Barça, por si alguien tiene dudas– porque también formo parte de un entorno y no puedo cerrar los ojos, taparme los oídos ni volverme de espaldas al marco en el que se está moviendo la espiral de extremismo que vive nuestro periodismo deportivo. Una situación que pocos habrán sabido definir mejor que Sergi Pàmies en un lúcido artículo, La industria de la hostilidad, publicado en esta sección (15/XI/2010): “Existe una industria de la hostilidad que, a partir de las tradiciones de rivalidad y de los excesos verbales del fútbol, elabora discursos que, en lugar de compensar agravios artificiales y toxicidades reactivas, los fomenta y los aplaude. A partir de argumentaciones racionales (de las que podemos discrepar o no), se construyen avisperos emocionales que se convierten en trampas (…). El abismo que existe entre el fútbol jugado y el fútbol comentado puede parecer peligroso y preocupante. Cuando se industrializa, la hostilidad es un valor que cotiza en bolsa”. Y apostillo: cuando la hostilidad dispara su cotización al alza, la credibilidad cae en picado.

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