Hamlet en el PSC


 

El PSC no tendrá grupo parlamentario, porque el PSOE se marcharía del PSC, pero no de Catalunya | El gran desafío del socialismo catalán no es ser menos PSOE, sino que el PSOE sea más PSC

30/05/2011

JORDI BARBETA      Jordi Barbeta

Cuando un militante del PSC decide hacer carrera de verdad en el PSOE, lo primero que hace es trasladarse a vivir a Madrid, desmarcarse de las tesis catalanistas de sus correligionarios, y procurar no aparecer públicamente en Catalunya ni en campaña electoral y ayudar, en cambio, a toda suerte de candidatos del resto de España, preferentemente de Andalucía. Por su parte, el PSC no le ayuda –quizá para no perjudicarle–, pero, sea por lo que sea, proclama su neutralidad y para que todo el mundo se la tome en serio le da literalmente la espalda y cuando el militante en cuestión fracasa estrepitosamente, el PSC aplica el criterio de si te he visto no me acuerdo… Tras un proceso como el que se acaba de describir, al final a Carme Chacón le han cortado las alas en el PSOE justo cuando tomaba carrerilla para emprender el vuelo.

Este episodio ilustra y culmina la trayectoria del socialismo catalán y su relación con el PSOE durante las tres últimas décadas. La fórmula PSC-PSOE estrenada como coalición electoral en 1977 y continuada luego como partido ha tenido fantásticos resultados electorales inversamente proporcionales a los resultados políticos, pero todo apunta a que se ha terminado un ciclo, como suelen describir los periodistas deportivos cuando equipo que lo gana todo empieza a perder. El modelo PSC-PSOE ya no garantiza victorias electorales y la influencia de los socialistas catalanes en el proyecto político del socialismo español se ha venido reduciendo progresivamente hasta la situación actual en que tiende a cero.

Ahora, la crisis en el socialismo catalán está reabriendo todos los debates, pero en los medios aparece como cuestión principal el asunto que menos interés despierta en las bases y en las alturas del partido, el grupo parlamentario propio, cercano pero distinto al PSOE y en ningún caso supeditado. Es un asunto indeseable porque el PSC de hoy tiene poco que ver con el de 1978 cuando se juntaron las dos almas –a regañadientes las dos– para garantizar los resultados electorales. La mayoría de los militantes del PSC actual no sólo tienen la conciencia tranquila, faltaría más, sino que están orgullosísimos de formar parte del proyecto político del principal partido de la izquierda española.

La relación del PSC con el PSOE ha funcionado exactamente al revés de cómo se inventó el único partido hispano-catalán de la historia. En el protocolo de unidad se establecía la soberanía del PSC en Catalunya y la participación del PSC en las decisiones del PSOE sobre asuntos españoles. Por eso en la dirección del PSC no hay ningún militante del PSOE y, en cambio, militantes del PSC sí participan en los órganos de la dirección federal. Con el tiempo se ha impuesto la inercia dominante. El PSC ha actuado siempre de acuerdo con los intereses del PSOE, mientras que el PSOE se ha pasado por el forro todas las angustias del PSC. No sólo no ha tenido en cuenta sus opiniones, sino que en repetidas ocasiones le ha desairado con crueles deferencias hacia sus rivales de CiU por menos de la mitad de votos en el Congreso de los que aporta el PSC.

Y no es cierto que el PSC sea la sucursal del PSOE. No. En todo caso, el PSC ha ejercido como la franquicia en Catalunya del socialismo español, que no es lo mismo. El PSC ha garantizado apoyo político incondicional y el segundo granero de votos al PSOE a cambio de que el PSOE no se instale como tal en el territorio catalán y no se inmiscuya en la selección del personal directivo del PSC. El pacto del PSOE no ha sido con el socialismo catalán, sino con el aparato del PSC, que aplaza sistemáticamente la cuestión del grupo parlamentario porque le va en ello su supervivencia. He aquí la perversidad del sistema. El PSC es, sin duda, un partido soberano, pero su soberanía se ha revelado un problema más que una ventaja, porque, además de no poderla ejercer, le deslegitima para liderar el socialismo español ya sea con personas o con ideas. El proceso del Estatut dejó demasiadas evidencias.
De entrada, no existe ninguna voluntad entre los 25 diputados del PSC de separarse del grupo parlamentario federal. Si la tuvieran, se pasarían en bloque al grupo mixto y asunto resuelto, pero lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. El grupo parlamentario del PSC condenaría al PSOE a no tener jamás la consideración de primera fuerza política española y a funcionar como una coalición inestable sin disciplina parlamentaria. Antes que eso, siempre el PSOE preferirá tener su propia organización en Catalunya, que probablemente no obtendría en las elecciones generales menos votos que el PP, pero es que antes que esto otro, también el PSC preferirá dejarse de puñetas y jurar fidelidad eterna a los hermanos federales.

El gran desafío del PSC no es tener voz propia, porque eso no va a funcionar nunca. El PSC no gana nada y pierde mucho aparentando que es menos PSOE de lo que es, pero lo ganará todo cuando el PSOE sea más PSC. Ha habido un único episodio que sirve de ejemplo, breve pero fundamental que lo demuestra: los Juegos Olímpicos. La astucia de Samaranch para moverse en los entresijos del Estado y la competencia de los equipos de Narcís Serra y Pasqual Maragall presentaron una España y un gobierno socialista aliados. Hasta le pusieron himno: Amigos para siempre.

Unamuno, militante socialista, siempre defendió la “catalanización de España”, que los nacionalistas catalanes siempre han rechazado por lo que conlleva de #7;españolización de Catalunya. Ahí está la alternativa.
Los federalistas quebequeses siempre ocupan puestos clave en el Gobierno canadiense, incluido el cargo de primer ministro, que suelen ocupar sin necesidad de pedir perdón por sus orígenes. Así es como han derrotado a los nacionalistas, pero no hace falta ir tan lejos. Los socialistas andaluces siempre acaban imponiendo sus tesis en el PSOE y en el gobierno y han dejado sin opción a los andalucistas. El PSOE andaluz suministra 36 diputados al Congreso, que son tan decisivos como los 25 diputados del PSC, pero el PSOE andaluz ejerce el mando y el PSC está pero no está, es pero no es, y le ha llegado el momento de decidirse, como al príncipe de Dinamarca.

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