La puñalada republicana


 

Ni un solo líder de ERC ha basado su reino en la sólida contundencia de la guillotina

07/06/2011

Pilar Rahola

PILAR RAHOLA

Como si fuera un homenaje al mito, Saturno cabalga por la historia de ERC devorando a todos los hijos. El viejo partido ha tenido una tendencia tan aguda al canibalismo, que no hay un solo líder de ERC que no haya basado su reino en la sólida contundencia de la guillotina. Ni siquiera en las épocas gloriosas de Macià y Companys. Y, después de la hibernación de Barrera, cuando ERC reapareció en escena, el relato de cada etapa es la crónica implacable de una decapitación. Colom conspiró hábilmente para hacerse con un partido que había caído en manos de un exótico Hortalà, y rodó la primera cabeza. Después Carod y Puigcercós tejieron una tupida telaraña de maledicencias, juego sucio y lucha descarnada que acabó con la cabeza del emblemático Colom rodando por la calle Villarroel. Pero mientras ambos conspiraban contra Colom, también preparaban sus propias estrategias con el fin de cortarse mutuamente la cabeza, y no había día que no se miraran de reojo mientras desafiaban al común contrincante. Mientras Carod despreciaba a Colom delante de todos los amiguitos de la prensa que le reían las gracias, aprovechaba para despotricar contra su aliado Puigcercós, a quien sólo daba el beneficio de la unión táctica. Y, por supuesto, Puigcercós hacía lo propio, pero en versión menos depurada. Es decir, el bonito edificio de ERC parecía una casa de citas, donde todo el mundo se miraba de reojo y nadie era amigo del otro. O peor todavía, parecía una reescritura de La punyalada de Vayreda, pero con más acritud. Toda la historia de ERC es la historia de una gran conspiración, una especie de huracán permanente que ha ido llevándose, uno tras otro, a todos los líderes que han llegado al poder. Y Carod-Rovira no podía ser distinto, dado que después de cortarle la cabeza a Colom sólo quedaban en escena los dos reyecitos, él y Puigcercós, cada uno coreado por su corte de pelotas. Y la cabeza de Carod también rodó.

Ahora se ha ido con un vacuo intento de hacerlo por la puerta grande, pero todo el mundo sabe que había perdido el poder, que Puigcercós lo había derrotado y que en la republicana ERC sólo tiene cabida un rey.

La ironía del destino, sin embargo, se guardó la última jugada e incluso el rey Sol Puigcercós ha caído, esta vez decapitado por la guillotina más afilada de todas, la de los votos. ¿Motivos para esta tozuda tendencia saturniana? Tal vez un exceso considerable de mesianismo, un festival de egos desmesurado y una cultura extraparlamentaria adquirida en las épocas de la clandestinidad y nunca superada. A ERC le sobran mesías y le faltan estadistas, le sobra egolatría y le falta política. Si añadimos los dos tripartitos con la pésima aportación de ERC, la caída es completa. Bis repetita, pues, que diría el clásico, mirando a la cabeza de Carod. Al fin y al cabo, no cabe olvidar que la guillotina fue un invento republicano.

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