El carrer és nostre


 

    Barcelona, capital de la indignación

    La capital catalana lidera con 100.000 personas en la calle las protestas de los ‘indignados’ | Manifestaciones en cincuenta ciudades españolas en la mayor movilización ajena a los partidos | En Madrid la marcha termina con un llamamiento a la huelga general | El movimiento del 15-M pone fin a las acampadas y busca fórmulas de articulación política | Junto a demandas democráticas y contra los recortes, crecen los lemas antipolíticos

    20/06/2011

    Jordi Barbeta

    JORDI BARBETA

    Barcelona

    Las ciudades españolas vivieron ayer la movilización descentralizada y ajena a los partidos políticos más multitudinaria y mayoritaria. Hubo manifestaciones en una cincuentena de ciudades de la Península, Baleares y Canarias. Las referencias a los recortes sociales fue el común denominador y como los recortes empezaron antes en Catalunya que en otras comunidades, Barcelona lideró con unas 100.000 personas en la calle la protesta de los autodenominados indignados.

    Una pancarta con la inscripción "El carrer és nostre. No pagarem la seva crisi" abría la marcha, que arrancó a las 5 de la tarde de la plaza Catalunya y llegó hasta el Pla de Palau, donde la organización disolvía la manifestación. El ambiente de la protesta en Barcelona fue festivo, con la participación de charangas, grupos teatrales, dragones y grupos de mimo. Todo muy pacífico. Reivindicadamente pacífico. En un momento en que disidentes del movimiento 15-M quisieron enfrentarse a mossos d’esquadra de paisano fueron inmediatamente reducidos por el propio servicio de orden de la manifestación. Al final de la marcha y pese a las indicaciones de la organización, unos centenares de manifestantes se empeñaron en penetrar en el parque de la Ciutadella para concentrarse frente a la puerta del Parlament. A la hora de cierre del parque, representantes del 15-M con megáfonos pidieron a los concentrados que se disolvieran y la mayoría desalojó la Ciutadella, informa Enrique Figueredo. Durante la marcha el político más interpelado fue sin duda el conseller de Interior, Felip Puig, especialmente cuando el helicóptero de la policía recorría el trayecto de la manifestación. Automáticamente los manifestantes levantaban las manos y pedían todos a la vez la dimisión del conseller.

    La de la capital catalana fue una protesta muy de clase media, intergeneracional, con abuelos y bebés y más universitarios que obreros. A tenor de los cánticos, se palpaba una nostalgia de las protestas contra la dictadura franquista. En la Via Laietana volvió a cantarse las canciones de Lluís Llach que se convirtieron en himnos de una generación: L’estaca y La gallineta que gritaba a favor de la revolución. Una manifestación de estas características, sin ningún líder político peleando por situarse en la pancarta, es algo que no había ocurrido jamás. La sensación es que la gente de izquierdas se siente huérfana ante los azotes de la crisis, pero algunos eslóganes resultan difícilmente admisibles desde el punto de vista de la exigencia democrática a que están sometidos partidos y dirigentes políticos.
    Si "Cap polític ens representa" y "El carrer és nostre", la legitimidad democrática salta por los aires, y el ya clásico "falta pan para tanto chorizo" remite a una concepción antipolítica exenta de alternativas democráticas más propia del sindicato napolitano del taxi. Estos planteamientos, junto a las canciones de Llach o el recuerdo a Marthin Luther King, ponen de manifiesto la idea de que en la multitud que salió ayer a la calle hay gente muy diversa y con ideas muy contradictorias.

    Como es habitual en estos casos, hubo diferencia de criterio en el cálculo de manifestantes. El cálculo de La Vanguardia –100.000 personas– está basado en la superficie de la Via Laietana y la duración de la marcha. Interior cifró la participación en 50.000 personas; la Guardia Urbana la elevó a 75.000 y los convocantes hasta 270.000.

    La jornada de protesta estaba convocada contra el pacto del euro, el compromiso adquirido por los gobiernos de los países de la Unión Europea para salvar la moneda única a base de moderación salarial, reformas laborales, reducción de los gastos sociales y armonización fiscal.

    Precisamente para combatir esas políticas, en Madrid unas 50.000 personas llegaron a concentrarse en la plaza Neptuno, cerca del palacio de las Cortes, al grito de "no nos representan". Es significativo que la manifestación de Madrid fue la confluencia de seis columnas de otros tantos barrios de la capital y de municipios colindantes: Getafe, Torrelodones, Las Rozas, Colmenarejo o Pozuelo. Los vecinos de Malasaña y Chamberí coreaban "Espe, espe, especulación" en clara alusión a la presidenta Aguirre.

    A diferencia de la marcha de Barcelona, la manifestación de Madrid adquirió un cariz más obrerista y de reivindicación laboral. De hecho, en Madrid los sindicatos mayoritarios se apuntaron a la convocatoria y el tono de la protesta estuvo mucho más vinculado al discurso sindical. Los organizadores de la marcha de la capital propusieron que "las asambleas de trabajadores de barrios y pueblos de Madrid comiencen a trabajar para preparar la huelga general que ha de permitir cambiar esta sociedad". La declaración leída al final de la marcha fue coreada con gritos de "Viva la clase obrera". La protesta de los indignados intentó reproducirse en París. Hubo algunos manifestantes españoles y franceses, pero la policía fue expeditiva y se llevó a casi todos detenidos, un total de 127. Sarkozy cortó por lo sano para evitar el contagio.

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