POR QUÉ LOS DIRIGENTES MIENTEN


 

“La tradición democrática empuja perversamente a los dirigentes a engañar a quienes les han votado”

25/06/2011

XAVIER BATALLA            Xavier Batalla

En política, como en toda actividad humana, hay muchas maneras de no decir la verdad. Unos mienten a sabiendas, convencidos de que lo que dicen es lo que quiere oír su parroquia. Y otros son económicos con la verdad. Pero ¿quién miente más en política? Si nos pidieran pronunciarnos entre el dictador y el demócrata, ¿a quién de los dos señalaríamos?

La mayoría probablemente apuntaría al autócrata, especialmente después de las revueltas árabes, que han proporcionado abundante munición. Cuando el autócrata tunecino Ben Ali se vio entre la espada y la pared, echó la culpa a los islamistas, lo mismo que el egipcio Hosni Mubarak. El libio Gadafi señaló a Al Qaeda. Y el sirio Bashar el Asad ha responsabilizado a una “conspiración internacional”. Todos mintieron. Pero ¿son los dictadores los que más engañan? Grecia –la cuna de la democracia– falseó sus cuentas para ingresar en la eurozona, y sus dirigentes han mentido durante años, lo que ha desembocado en una crisis que hace temblar a Europa.

El escenario internacional es un buen banco de pruebas. El politólogo Robert D. Putnam, profesor de Harvard, compara el proceso de toda política exterior con la experiencia de jugar dos partidas de ajedrez simultáneamente. En uno de los dos tableros, el responsable de la política exterior se enfrenta a los actores internos, desde la oposición hasta los líderes sindicales, siempre que hablemos de una democracia (si es una dictadura, los rivales serán generales, amigos o familiares del autócrata). Y en el segundo tablero, los rivales son los dirigentes de los otros estados. El éxito de una política exterior se basará entonces en satisfacer a los jugadores internos mientras se superan las amenazas externas o se convence a las potencias rivales. ¿Cómo se logra eso? ¿A base de verdades? Putnam dice que, lamentablemente, será más fácil si se margina a los actores internos. Es decir, si no se les dice la verdad.

Sir Henry Wotton, embajador británico en Venecia en el siglo XVII, acostumbraba a decir que “el embajador es un hombre honrado que es enviado al exterior para mentir en beneficio de su país”. Pero eso no lo explica todo. La cuestión es determinar quién acostumbra a mentir más, tanto en la política interna como en la escena internacional.
John J. Mearsheimer, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Chicago, no está de acuerdo con quienes apuntan a los autócratas. En un libro fascinante, Why leaders lie (Oxford University Press, 2011), Mearsheimer argumenta que los dirigentes que tienden a mentir más son aquellos de las democracias occidentales, donde las tradiciones democráticas empujan perversamente a los líderes a engañar a los ciudadanos que les han elegido. Y no sólo eso: Mearsheimer mantiene que los dirigentes demócratas engañan más a sus conciudadanos que a sus colegas.

Mearsheimer se opuso por realismo a la guerra de Iraq, pero no es un realista como Hans Morgenthau, que era pesimista sobre la naturaleza humana. Mearsheimer es pesimista sobre la naturaleza de quienes deciden. Hace cinco años, en una conversación con este corresponsal, el profesor dijo: “Estados Unidos ha sido humillado en Iraq; es un desastre estratégico, por lo que no creo que quiera repetir pronto otra guerra”.

Mearsheimer distingue entre las mentiras políticas. Algunas las considera estratégicas. Es el caso de una mentira de John Kennedy, quien en 1962 negó que, a cambio de la retirada de los misiles soviéticos instalados en Cuba, Washington se había comprometido a desmontar sus misiles en Turquía. Otras mentiras no las considera Mearsheimer exactamente estratégicas. Es lo que dice de las de Bush hijo sobre las armas de destrucción masiva que se le suponían a Sadam Husein; estas mentiras, para Mearsheimer, subrayan que los líderes demócratas, a diferencia de los autócratas, necesitan el apoyo de la opinión pública para ir a la guerra. Y también tenemos las mentiras que se dicen los estados, como demostró el presidente Eisenhower, aunque el tiro le salió por la culata, al negar que hubiera enviado aviones espía a la Unión Soviética en 1960.

No todas las mentiras son igualmente condenables. Por ejemplo, cuando Franklin Roosevelt llamaba a Stalin “tío Joe” lo hacía para hacer más presentable a un incómodo aliado contra Hitler. Pero hay mentiras, como las de Bush –y de sus aliados– sobre Iraq, que, para Mearsheimer, son singularmente peligrosas, ya que demuestran la pésima opinión que tienen algunos dirigentes de la ciudadanía a la que dicen representar. Por eso, lo único que puede salvar a un dirigente que miente para ir a la guerra, o contra una protesta social, es que gane.