‘Ein Volk, ein Reich, ein Führer’


Sábado, 16 de julio 2011

La Wehrmacht llegó a fabricar una cincuentena de muñecas sexuales para los soldados del ejército

Artículos | 16/07/2011 – 00:00h

Quim Monzó

Quim Monzó

Vuelve a ser noticia el proyecto Borghild, que la Alemania nazi puso en marcha para evitar que los soldados de su ejército cayeran víctimas de la sífilis, enfermedad devastadora que los chicos pillaban con las prostitutas de los países que ocupaban. Esta vez es actualidad por la aparición de un libro que habla de él en uno de los capítulos: Mussolini’s barber and other stories, de Graeme Donald. Lo publicaron en octubre, pero se ve que hasta ahora no ha captado la atención del morbo local.

El proyecto Borghild consistía en dar a los soldados muñecas para copular y evitar así las pelanduscas. Los trabajos de diseño empezaron en 1940. Un equipo dirigido por el técnico Franz Tschakert creó el primer prototipo en 1941. Todo progresaba de forma tan adecuada que llegaron a preguntar a la famosa actriz Käthe von Nagy si le parecía bien que las muñecas llevasen su cara. La actriz dijo que no y los diseñadores decidieron entonces crear una cara que no correspondiese a nadie, que fuese la esencia erótica de la raza aria. El cuerpo lo moldearon a partir de atletas como Wilhelmina von Bremen, pero después lo estilizaron. Costó encontrar un tipo de goma que tuviese el tacto de la carne y que se pudiese limpiar con facilidad. Hubo gran frustración cuando los jefazos descubrieron que sus ideales estéticos no eran los de los soldados, a los que los excitaban tipos de mujer menos ideales. Pero finalmente llegaron a fabricar una cincuentena. El problema fue que los soldados se negaron a usarlas, por vergüenza. Los oficiales también encontraban pegas: imaginaban la guasa de los ejércitos enemigos si un día los capturaban y descubrían que, como parte del avituallamiento de la gloriosa Wehrmacht, llevaban muñecas para que los soldados echasen sus polvos.

El alto que supuso la batalla de Stalingrado hizo que el proyecto se parase. En ningún momento del proceso se les ocurrió dejarse de muñecas y usar prostitutas de carne y hueso, con control sanitario, como las del Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines, de Vargas Llosa. Habría sido mucho más sencillo y económico, pero los delirios nazis enfilaban ya el camino de los androides. Con todo, la obsesión por crear una muñeca para sus soldados significó el avance mayor desde las dames de voyage, las muñecas de trapo que los marineros de otros siglos utilizaban en los barcos cuando pasaban largas temporadas en alta mar. El plan Borghild está en la raíz de las muñecas sexuales de estas últimas décadas –las buenas, no las vulgares inflables–, que hoy día ya disponen de esqueleto de PVC articulado, cuerpo de gel elástico con orificios calentados, y un motor que hace que la pelvis maniobre y empuje. Si Michel Piccoli hubiese tenido una muñeca así en Tamaño natural de Berlanga, la película habría acabado de forma muy diferente.

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