Un altre ciutadà que ha dit prou


 

IU FORN

 30/08/2011

Hola, què tal? Sóc en Pep Florolos, i a casa sempre hem dut Catalunya al cor, però des del seny. O sigui, que això d’Espanya, els seus himnes, les seves banderes i tota la pesca, no ens ho sentim nostre, però tampoc som partidaris d’engegar-ho tot a can Pistraus. No, perquè ens agrada la moderació. Sempre prudència, anar fent i “nen, tu no et signifiquis”. Del que es tracta és d’anar esgarrapant cosetes, però sense passar-se perquè en el fons tampoc volem fer enfadar ningú, no fos cas, si en el fons són bona gent. Sap allò del peix al cove? Doncs seria això. Els moments de rauxa els deixem per al diumenge després del rotet de Melody. Com que no som de beure, quan bategem el cafè ens engresquem i ens deixem anar. Jo crec que la barreja dels canelons, el tortellet i la dolçor del licor, noi, mira, és la que ens provoca un efecte de disbauxa. Un dia vam arribar a cridar “Visca Catalunya lliure”, però després de la migdiada vam penedir-nos-en, no fos cas que ens haguessin sentit els veïns.

Però, sap què ens ha passat? Resulta que el meu gendre és bomber. I ha anat a això dels Jocs Mundials de Policies i Bombers que fan a Nova York. En un moment donat, amb uns companys que té que són molt bons xicots, van fer un castell coronat amb una estelada. Ai, Déu meu, quin sidral!!! Els bombers i policies espanyols, brandant banderes amb el toro, van començar a escridassar-los i a cantar ” Yo soy español, español, español… ” Quin disgust!!! Ha estat la gota que ha fet vessar el got. Ara sí que hem dit prou. A casa, això d’Espanya s’ha acabat. Imagini’s, teníem congelat un estofat de toro i l’hem fotut a mar. I ara ens estem plantejant deixar de mirar Telecinco, que no la mirem mai, però de vegades fent zàping… I li diré més: “In, inde, independèn-ci-a!!! Bé, dins d’un ordre, naturalment.

El sensacionalismo de la vergüenza


José Mourinho ha impuesto una rivalidad malsana, basada en la discordia

 

Sergi Pàmies

SERGI PÀMIES

La idea según la cual Mourinho se está cargando el fútbol español, verbalizada por Piqué, contiene elementos sugerentes de teoría de la conspiración. Más allá de la reacción espontánea, sin embargo, podríamos forzar la idea hasta límites de demencia recreativa. Hipótesis para matar el tiempo durante una no-jornada como la de ayer: la intención de Mourinho es ganar la Liga y la Champions de un modo infausto y, con la complicidad de Jorge Mendes, completar un currículum excepcional (Porto, Chelsea, Inter). De paso, también pretende desunir al rival más potente (España) para cuando sea seleccionador portugués y castigue a los que más han puesto en evidencia su egolatría paranoide.

Lástima que la realidad no siempre se ajuste a la ciencia ficción: la huelga de ayer certifica que el fútbol español tiene el suficiente talento para autodestruirse solo. La suma de incompetencia e irresponsabilidad de muchos clubs, varias administraciones y el sindicalismo gremial son la base de un deterioro que, amparado por un marco legal absurdo, sacraliza el incumplimiento de muchas leyes (empresas que no pagan el IVA y la Seguridad Social siguen fichando y firman acuerdos que comprometen a no declarar parte de los ingresos) sin que la fiscalía –niThe New York Times– actúe. La trama de negligencias no interesa, igual que, en la cúpula del fútbol, la presunción de culpabilidad en compras y ventas de partidos se mantiene en una zona lo bastante oscura para justificar la ceguera. De los partidos y organismos oficiales no se puede esperar nada (bueno). Prefieren no enfrentarse a un electorado que no sólo acepta los fraudes del fútbol sino que, con populismo incluido, contribuye a mantenerlo cuando alguien intenta aplicar medidas correctoras (véase el episodio del Celta y del Sevilla y la delirante asamblea con intervenciones protohispánicas de Jesús Gil y Joan Gaspart).

En una situación económica tan delicada como la actual, que mantiene privilegios laborales y empresariales basados en representatividades no representativas, el dedo en el ojo ha actuado como gran maniobra de distracción. A Mourinho le ha bastado ese gesto grotesco y deportivamente irrelevante para dinamitar el sistema.

Ha contaminado la jerarquía de méritos (incluso los propios: el Madrid jugó mejor y Messi impuso su hecho diferencial), ha perjudicado el prestigio de su club (a cambio de reforzar el victimismo como nueva seña de identidad –Florentino Pérez no lo admitirá pero el principio del desastre madridista empieza con el despido de Vicente Del Bosque) y ha borrado la dimensión crítica de la huelga para imponer un sensacionalismo malsano, basado en la discordia.

La madrugada del jueves, el dilema era claro: o éramos lo bastante inteligentes para aplicar la lógica del fútbol y cortar el incidente con serenidad y firmeza objetiva (más información que opinión, más sanciones que comunicados) o sucumbíamos a la espiral pirómana de histrionismo justiciero. Al elegir la opción más fácil, y confundir el análisis con la prédica, hemos conseguido que la Supercopa no pase a la historia por dos partidos futbolísticamente vibrantes y una feliz victoria del Barça (o por el prometedor debut de Fàbregas, que confirma la voluntad competitiva interna del equipo de esta temporada) sino por el dedo de Mourinho en el ojo de Vilanova.

La (des)proporción entre todo lo que hemos escrito y comentado y la mezquindad del gesto nos retrata a todos. Quizá por eso, sería bueno pedir que, de cara a la posteridad, Mourinho y Vilanova donen su dedo y su ojo respectivos para una sala del museo del Barça en la que se expongan, junto a los genitales panchovillescos de Hugo Sánchez y el pie pisoteador de Hristo Stoichkov, elementos de nuestra anatomía más extravagante.

Si queremos políticas de Estado


 

    Si queremos políticas de Estado                                                                                    04/08/2011

    Francesc de Carreras

    Francesc de Carreras

    Catedrático de Derecho Constitucional de la UAB

    El presidente Rodríguez Zapatero despejó la incógnita el pasado viernes. Todo hacía prever que las elecciones generales se adelantarían a su fecha límite. Ahora bien, puestos a anticiparlas, lo razonable habría sido celebrarlas lo antes posible, es decir, a primeros de octubre, para que el nuevo Gobierno estuviera constituido ya a primeros de noviembre. El calvario actual se habría acortado y con un programa bien definido podrían comenzar a elaborarse los presupuestos del año próximo. Pero motivos habrá para la fecha escogida. Los comprobaremos si el actual Gobierno es capaz de aprovechar las semanas que le quedan para acabar las difíciles reformas económicas pendientes.

    Es frecuente escuchar estos días que el gran error de Zapatero fue acometer a primeros de mayo del 2010, obligado por la UE, el FMI, EE.UU. y hasta por China, unas medidas que suponían un giro copernicano de su anterior política económica y social. Una versión más flexible sostiene que su equivocación principal fue no reconocer a tiempo que España había entrado en una gravísima crisis económica, con características distintas a la crisis financiera mundial. Tales opiniones reconocen implícitamente que hasta entonces Zapatero se comportó como un buen gobernante y la historia hará una valoración positiva del conjunto de su obra.

    No creo que ello sea así. Es obvio que ningún gobernante acierta en todo o yerra siempre. Zapatero tuvo la habilidad de comenzar con un estilo de hacer política que era la contrafigura del estilo de Aznar. Ahí cosechó grandes dosis de simpatía. Después hizo aprobar diversas reformas legales en el campo de los derechos de familia (matrimonio entre homosexuales y agilización de los trámites de divorcio) y de la igualdad entre hombres y mujeres que sintonizaron con la mentalidad de los nuevos españoles. Se trata de reformas que difícilmente serán rectificadas por gobiernos futuros, sean de izquierdas o derechas. Además, salían gratis al erario público. Después aprobó la ley de la Dependencia, esta sí con un alto coste económico, que tan sólo se ha comenzado a aplicar. Todo ello hay que consignarlo en el haber del presidente.

    En el debe, sin embargo, encontramos que Zapatero se ha equivocado en lo fundamental. Tomó decisiones temerarias, precipitadas e irreflexivas, en temas trascendentales que, hasta entonces, estaban bien orientados. Especialmente en materias de terrorismo, desarrollo autonómico, revisión de la historia y educación. Mucho antes de la crítica situación económica actual, sus políticas comenzaron a sembrar la desconfianza.

    Hasta mayo del 2010 puede decirse que Zapatero fue un político populista: este, probablemente, ha sido su gran error. A menudo tomaba decisiones incoherentes para contentar a los más diversos sectores sociales creyendo que la suma de sus votos le conduciría a ganar las sucesivas elecciones. Quería contentar a sindicatos y patronal, a nacionalistas y autonomistas, a banqueros e hipotecados, a los partidarios de la libertad sexual y a la Iglesia católica, a los artistas y a los partidarios de que en la red todo es gratis. A lo largo de dos legislaturas ha pretendido conciliar lo inconciliable, a tener a todo el mundo contento, con excepción del PP, al que ha pretendido arrinconar en el extremo de la derecha política. Al final, todos se han sentido, en mayor o menor medida, estafados, incluidos muchos militantes y votantes socialistas, sobre todo quienes al principio confiaron en él.

    La España que deja Zapatero, y no sólo en el campo económico, está en peor situación que la que encontró al acceder a la presidencia. Para salir del hoyo en que nos encontramos se necesita un liderazgo político que reemplace lo que el presidente saliente no ha sabido ser: un estadista. Porque, en efecto, se necesitan políticas de Estado, políticas con capacidad de rehacer un tejido con muchos descosidos. Algunos vienen de lejos; por ejemplo, la situación económica. La alegría irresponsable de los gobiernos de Aznar tiene buena parte de culpa en los males actuales aunque ahora no se reconozca. ¿O es que la aparente prosperidad económica española, fundada en la economía del ladrillo y un desmesurado déficit privado exterior, no fueron alentados siendo Rodrigo Rato vicepresidente del ramo?

    Otros descosidos, en cambio, son atribuibles a la época Zapatero. Antes hemos mencionado algunos: autonomías, educación, terrorismo, puesta en cuestión de la transición política. En esta democracia fracturada las soluciones no pueden llegar de la colaboración con PNV y CiU que, empujados por la ola zapaterista, han optado por echarse al monte. Rehacer el entramado democrático requiere un gran acuerdo de los dos grandes partidos, del PSOE y del PP, aunque en ambos haya sectores dispuestos a boicotearlo. Quien gane las elecciones y forme gobierno deberá prescindir de estos grupos para alcanzar las imprescindibles reformas políticas, económicas y sociales.

    Aunque hoy aparezca lejano, si queremos políticas de Estado, tras las elecciones el pacto se hará inevitable.