Pueblo, nación, sociedad


 

ALFREDO PASTOR Author Img PROFESOR DE ECONOMÍA DEL IESE

01/01/2018

Decía uno que los filósofos dejan todas las cosas como están y sólo cambian los conceptos. En estos tiempos difíciles, donde al parecer los argumentos no sirven, se ve uno obligado a echar mano de cualquier cosa con tal de aclararnos las ideas. Imitaremos pues, a los filósofos echando un vistazo a los tres conceptos que figuran en el título de este artículo y están en el centro de nuestro conflicto.

¿Quién no se ha arrogado, durante estos últimos años, el derecho a hablar en nombre del pueblo catalán? A veces diría uno que hay por lo menos media docena de pueblos catalanes, todos distintos entre sí y a menudo de sentimientos antagónicos; uno es una república que sólo está esperando a materializarse; otro el baluarte de una identidad amenazada por siglos de una opresión inmisericorde, un tercero se ve cercado por una minoría con vocación totalitaria, el último cree que su destino es salvaguardar una esencia nacional secular que cuatro chiflados pretenden corromper… son muchos pueblos catalanes; pero ¿existe por lo menos uno? La respuesta es bien sencilla: depende de para qué. Lo hay si se trata de defender ciertas tradiciones y costumbres que uno respeta aunque no sean las suyas; de rendir homenaje a una tierra que quizá le haya brindado oportunidades de prosperar; de sentirse a gusto en un país cuya geografía, física y humana, es como un universo en pequeño; de reconocer el derecho a que quienes tienen otra lengua que el castellano como propia la cultiven; en todas esas empresas puede uno hablar de un pueblo catalán, aunque en algunos casos queden sus contornos un tanto difuminados. Pero hay una palabra que, como un conjuro, convierte ese pueblo en un revoltijo de pedruscos que se repelen mutuamente: “independencia”. Con sólo pronunciarla vemos cómo se dividen los habitantes de Catalunya en dos grandes bloques de tamaño parecido, primero, y cada uno de ellos en varios guijarros más pequeños y de tamaño incierto, después: el pueblo ha desaparecido. Parece como si el concepto de independencia sólo pudiera servir de bandera para ir a la guerra. Pero, si no se trata de pelear, ¿de qué nos sirve la independencia?

(Perico Pastor)

El segundo concepto, nación, nos introduce en un terreno resbaladizo en extremo. La Constitución hace una sutil distinción entre “nacionalidad” y “nación”, reservando este último término para España, y admitiendo que puede haber varias de las primeras. Esto no parece suficiente a vascos, catalanes y ahora también gallegos, mientras que para los castellanos viejos que todavía quedan la presencia del término “nacionalidad” en la Constitución es muestra de una extraordinaria, casi irresponsable, amplitud de miras. En el caso de Catalunya es bien sabido que uno de los puntos del acuerdo entre el Gobierno de España y la Generalitat de Catalunya que un día u otro se redactará, firmará y votará, el que se refiere al reconocimiento de Catalu­nya como nación, será quizá de los más indigestos, aún más difícil que el relativo a la financiación. Sorprende ver que un concepto tan crítico como “nación” carece de una definición convincente y, por consiguiente, de criterios que lo delimiten; se dice incluso que el concepto no tiene existencia jurídica. Se trata, eso sí, de un concepto moderno, cuyo nacimiento sitúan algunos en la Suiza de finales del siglo XVIII, donde surge como reacción local contra la hegemonía cultural francesa. Como todo lo que ha tenido un principio tiene un final, puede que, como piensan algunos, el de la nación esté al caer. Sea como fuere, la “nación catalana” parece algo aún más endeble que el “pueblo catalán” pues el nacionalismo, como reafirmación del espíritu local, es más bien exclusivo, mientras que la vocación de Catalunya, al menos de la urbana, es decididamente europeísta.

Ya sabemos que lo que hace el encanto de Catalunya para muchos es precisamente su carácter de microcosmos. No pidamos entonces a sus habitantes que se unan en una causa tan singular como la independencia. Si se trata de preservar una cultura, en el sentido más amplio del término, ¿no basta con unos retoques al marco político actual? ¿No puede satisfacerse así la “voluntad de ser” de la que hablaba Vicens Vives como de algo irrenunciable? ¿Será el proyecto independentista la expresión de una voluntad, no de ser, sino de poder?

“Un concepto no es verdadero o falso, es útil o nocivo”, decía Raymond Aron. “Independencia” y “pueblo” son más bien nocivos. En cuanto a “nación”, creo, como Kamen, que “una nación no es una realidad, es invariablemente una invención”. Tenemos, por otra parte, una realidad bien tangible, aunque rehúya una definición precisa: es la sociedad catalana. Una sociedad moderna y próspera, unida, sí, pero en torno a objetivos de paz y progreso, y también con problemas económicos y sociales desatendidos desde hace tiempo. Partamos de esa realidad, y no de sueños o pesadillas, para restaurar la convivencia.

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